Carta cuarenta y cinco
El tiempo sólo puede restaurar su belleza
ni se quién soy.
No sé si existo en esto a lo que llaman mundo.
Si alguien es incapaz de dejar huella,
¿realmente existe?
Mi carne esta podrida
y se cae de mis huesos,
desvistiendo a mi aterrorizante esqueleto.
Veo quien dice ser mi reflejo,
me saluda con esa sonrisa diabólica ca
y no puedo reconocer esos ojos que me miran con desprecio.
Estas manos, dispuestas a matar por libertad,
quieren saciarse de algo que ya no existe.
Alguna vez le temí a la muerte
porque me coqueteaba sin pudor,
quería a seducirme para llevarme con ella.
Ahora bailamos en un camino empedrado
que hace sangrar mis débiles pies;
marcando el camino para aquellos que la buscan.
El dolor es inevitable,
respiramos junto a el
y no lo podemos engañar.
Ciertamente hay belleza en eso.
En esta vida fuimos creados solo para sentir
amor y dolor,
nada mas.
Todo lo ajeno a aquello
carece completamente de sentido.
¿Quienes estarán dispuestos
a una vida de agonía
si existe la muerte como consuelo?
Oh, querida muerte,
llévame lejos de este mundo ruidoso,
ahógame en las aguas calmas
y llenas de oscuridad.
Tal vez solo así
pueda sentir algo mas que dolor.
-O.C
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