Carta treinta y ocho
Neblina
Y si pudiera,
a mi alma la haría polvo,
sedienta de muerte,
borracha de sombra,
enamorada de cada paso que da la oscuridad.
Este mundo tortuoso
no fue hecho para quienes danzamos con la soledad,
entre sonrisas cargadas de falsedad
y corazones desesperanzados.
Mis pies sangran,
de tanto andar sobre la podredumbre del olvido.
Tengo la piel agrietada
de cada suspiro que doy.
Tirito con cada eco que oigo en esta lejanía.
Anhelo un aire puro,
suspirar sin dolor,
sentir que la vida por un rato me quiere.
Quisiera besar la esperanza,
soltarle la mano a la agonía,
y beber de tu amor,
alimentar mi ser
a base de ternura y pasión.
Pero no encuentro formas de escapar,
el laberinto es cada vez mas grande.
Estoy condenada
a una vida agria,
teñida de gris,
como un día nublado.
Cargo en mis débiles manos los laditos,
frágiles, fogosos, tuyos,
para que los uses a tu gusto;
con la condición de que liberes a mi alma de esta tortura.
Mi mente se rindió ante el bullicio que la carcome,
sucumbió al poder del abismo.
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