Carta cuarenta y cuatro
Reminiscencia
Existió un día en que este cuerpo,
joven y puro,
fue usado como si no me perteneciera.
Obligado a presenciar la lujuria ajena en ojos malditos,
cargados de poder y de un falso intento de seducción;
ojos que habría arrancado sin piedad,
si la parálisis no me hubiese dominado.
Habría tomado con mis manos aquella oscuridad pútrida y
mentirosa,
para devorarla como si fuera un banquete,
sin dejar ni un rastro,
solo huesos limpios.
Esta alma fue contaminada por manos ásperas
y el olor a cerveza barata.
Aun puedo ver las marcas de aquella sonrisa maliciosa,
de esos dientes relucientes.
No quedo rastro alguno de la pureza que alguna vez habito en
mí.
Se abrió una puerta hacia un abismo oscuro y aterrador.
Escribo con estas manos que un día fueron mías,
que ya no me pertenecen.
Lo que alguna vez lo fue
ha sido arrebatado y arrojado en algún rincón podrido del
mundo.
Es irónico,
ahora soy un ser que se alimenta de luz y claridad,
decidido a recuperar la esencia robada,
cortando y haciendo sangrar manos
de quien se atreva a interponerse en mi camino.
Perdí la capacidad de distinguir entre el bien y el mal,
si es que alguna vez existieron.
Vivo con esta hambre voraz que ansia destruirlo todo.
Querido cuerpo,
¿Alguna vez fuiste mío?
-O.C
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