Carta treinta y tres

 Devastación 


Anhelo volver a ese instante en que nuestros cuerpos colisionaron,
como un choque inevitable, feroz y maravilloso,
donde hilamos un recuerdo de pasión desbordada.
Embelesada, te persigo a través de este mundo podrido,
con el alma hecha trizas,
mendigando cada mísera migaja de placer que quieras darme.
Mi espíritu, envenenado por tu ansia voraz,
te suplica volver a tenerte cerca,
a respirar tu aroma ambarino,
a dejar que me empape de vos de pies a cabeza.
Permitíme sucumbir bajo el peso de tu intensidad,
que ahoga a mi ser humillado y pequeño,
y escupas sobre cada pedazo de piel expuesta,
mientras tus ojos vidriosos, llenos de lujuria y hambre,
se atornillan a mi alma.
Comeme, haceme tuya, mil veces, de mil formas,
que mi voluntad pasiva ansía perder el control de sí,
delirar hasta tocar las estrellas
y caer en picada, perdiendo la vida en tu oscuridad.
Arrancame el aliento con esos besos profundos tuyos, sabor a tabaco,
y devolveme a la vida
con el fuego violento de tus caricias.
Soy prisionera de esa lascivia desbordante,
y aun así deseo quedarme en este limbo inconsciente,
donde el dolor se disuelve en sensaciones que corrompen mi carne.
Alma maldita, huracán devastador,
y aun así estoy dispuesta a entregar cada diminuta partícula de mí,
sólo para rozar, por un momento,
la ilusión ardiente de estar viva.


-O.C


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