Carta treinta y dos
Rosa blanca
Con los pies hundidos en la tierra
seca,
esa que se alimenta de esta alma corrompida,
arranco con furia la última rosa blanca de este jardín maldito.
Sus pétalos mueren bajo cada paso que doy.
El aroma aún me grita tu nombre:
whisky, tabaco,
y el eco cruel de tu ausencia.
No logro arrancarme de mi ser el
gusto amargo que dejaste.
Tus manos tibias marcaron mi carne rota con esas caricias,
como si quisieran revivir algo que ya no existe.
Ansío perderme una vez más en ese delirio,
repetir en bucle la condena.
Soy adicta a tu corazón enfermo,
egoísta hasta el punto de no dejarte descansar.
Lanzo sobre tu tumba los últimos
pétalos podridos de esta rosa.
Devuélveme a esa noche donde tu veneno me llenó,
y el deseo corrió por mi cuerpo como un virus.
Nos hundimos en la humedad,
en la sangre que rego la tierra.
Nuestro amor quedó varado en algún
rincón oscuro de este mundo bastardo,
se negó a regresar, porque sabia lo explosivo que seria todo.
Y cuando tu deseo te carcome en la
oscuridad…
¿alguna vez, siquiera por un instante, te acordás de mí?
-O.C
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