Carta ocho
El sonido del vacío
El lienzo blanquecino danza frente a mis ojos intentando
acaparar mi atención, pero hace rato que deje tener motivo para algo. Por mas
que lo intente, jamás llego al resultado y no es que me rinda tan fácil. Deje de
ser un ser racional hace rato, la inexistencia suele producirte eso. Porque si,
ya no existo, ya no soy un algo. La llama que había en mi interior se escapo de
mis manos para tomarse vacaciones de la realidad, y no la culpo, si yo pudiera también
lo haría. Muchas veces me pregunte si podría ser una persona nefelibata, no lo sé,
jamás podre responder las dudas que surcan por mi mente porque, el poco raciocinio
que me queda lo desperdicio en el dulce sabor de la nada.
Así que acá estoy de nuevo, la misma hora, mismo día, pero
distinto tiempo, uno presente y quizá futuro, uno que ya no reconozco, pero se
que demasiado ha pasado, mil lagrimas ya han caído, mil gritos han surgido y yo
sigo siendo yo, solo ha cambiado el tiempo. Me convertí en mi propia némesis, persiguiéndome
despierta sin darme descanso. Anhelada ilusión que me carcome, busco y busco,
pero nada jamás llega, no llegara para mi un descanso.
Ya no estoy acá, ni allá, en ningún lado, ya no existo ni volveré
a existir. Por mas que quiera escapar de las cadenas de la inexistencia, las
llaves colgadas en la pared se carcajean de mi, puesto que jamás podre alcanzarlas;
jamás seré merecedora de la libertad. Pronto mi persona quedará en el olvido,
nadie sabrá que existí y que inexistí.
-O.C
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