Carta cuatro

El rosal


Las rosas blancas de la abuela tenían cien años, siempre que venía a visitarla me quedaba maravillada viéndolas, eran cautivadoras y con un aroma exquisito que te llevaban al cielo. Me encantaba dibujarlas, pintarlas y fotografiarlas, no me arrepiento, porque ahora tengo, aunque sea un recuerdo, sé que nunca podré olvidarlas.

Recuerdo cuando llegaba, ansiaba ver una, siempre habia, no importaba la época habia una rosa blanca brillando y largando su olor. Me gustaba cerrar los ojos e imaginarme todas las historias y escenarios que las rosas han visto. Como el casamiento de mi abuela o el de la bis abuela, además de estar presentes en ese día, una que otra rosa blanca fue arrancada para el ramo, asique también lo presenciaron. O cuando nació el primer hijo, las rosas vieron sus primeros pasos, los primeros llantos y las primeras mamaderas. Las rosas vieron los rompimientos, los enamoramientos, escucharon sollozos y risas. Presenciaron las tardes té, donde las señoras se contaban el chisme de lo que sucedía en el barrio.
Ellas vieron mi nacimiento porque el día que yo llegue al mundo, mi abuela me conto que una rosa también crecía y lo fue haciendo a la par mía, luego ella la arranco antes de que completara su ciclo y la seco para que perdurara toda la vida, así yo crecía al lado de la rosa ya adulta. Creo que en ella se guardó un pedacito del alma de mi abuela, porque cada vez que la llevo conmigo me trae recuerdos nostálgicos.
No quiero olvidar las rosas, pero recordarlas me genera cierto dolor y no puedo seguir así. Es como si una de sus espinas se clavara en mi corazón, nada puede sacarla, ni una operación ¿Cómo puedo seguir así?
Su habitación esta fría, oscura y desolada, me genera cierta incomodidad ¿Cuándo la casa de la abuela perdió esa vida característica? Cierro los ojos con fuerza, no, no puedo ni siquiera aceptar la realidad. Aún tengo las memorias de las veces que baile y cante de felicidad junto a ella en esta habitación, era colorida y ruidosa, todo lo que nos gustaba. Las veces que me quede dormida mientras ella me leía uno de sus tantos libros de la biblioteca, mientras acariciaba mi cabello suavemente y yo cerraba mis ojos. Siempre ansiaba visitar a la abuela, ella no era de la cocina ni nada por el estilo, pero sus abrazos me generaban una enorme felicidad.
No tengo nada, las rosas se han muerto luego de cien años, porque mi abuela era la única que las mantenía vivas, ella les hablaba y contaba historias, las cuidaba como una hija; ya no hay rosas, ya no está la abuela, no hay abrazos, ni cuentos de medianoche. Solo hay una habitación fría y vacía, que aspira a la llegada de ella nuevamente.  Voy a extrañar las caricias en mi cabello o los tés calentitos del invierno, sentarme al lado del rosal y tomar sol a medida que su aroma a cielo me invade. Voy a extrañar sentirme viva en la casa de la abuela, ya no tengo un hogar, todo lo que amaba se ha ido y me duele, tanto que ni siquiera tengo las fuerzas para que las lágrimas salgan de mi interior.

Quiero retroceder el tiempo atrás, a donde era una niña y la abuela me entregaba mi primera rosa blanca.


-O.C

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